
Desde que la gente comenzó a vivir, hemos estado obsesionados con el destino: esa fuerza misteriosa que parece causar eventos, acercarnos a ciertas personas, alejarnos de otras y presentarnos experiencias que no siempre podemos decidir conscientemente.
Los griegos hablaban de moira: “lo que está destinado a ser”, la parte que cada alma debe vivir. Para los chinos, estaba en el tao: el flujo natural del universo. En la religión judía, se conocía como hashgachah: guía divina. Y en India, era conocido como karma por los antiguos sabios del Vedanta.
Sin embargo, para el Vedanta había una realidad más profunda, más misericordiosa y más liberadora que cualquiera de las posibilidades mencionadas. Porque ofrecía el destino no como un castigo externo, ni como una suerte cruel, sino como una ley pedagógica para la evolución del alma.
El karma no es una condena. El karma es causa y consecuencia a la vez. Karma significa “acción”, entendida como una fuerza que lleva en sí la reacción.
Refleja lo que pensamos y sentimos, lo que hacemos y dejamos de hacer (porque la omisión también es una forma de acción). Y, sobre todo, es adaptable.
El destino como un mapa dinámico de cambio
La mayoría de las personas abordan sus vidas como si sus experiencias fueran capítulos preestablecidos en un libro escrito por alguien más:
“Esto tenía que pasar.”
“Siempre he sido así.”
“Mi vida está marcada.”
“¿Por qué a mí? Es fatalidad.”
“Algunos nacen con estrella y otros nacen estrellados”.
Pero no es así.
Tu destino no es un mandato grabado en piedra. Es un mapa que evoluciona contigo: un mapa que responde no solo a tus acciones, responde a tus pensamientos, a tu vibración energética e incluso a la vida que llevaron tus ancestros (ampliaré más adelante).
Cada pensamiento es una instrucción que le das a tu sistema interno. Cada emoción es el sistema operativo desde el que esa instrucción se interpreta. Y cada acción es la salida del programa: el comportamiento que aparece como “resultado” de lo que llevas dentro.
El karma explicado de una manera fácil (y profunda)
Para comprender el destino como un mapa, debemos entender las tres variedades de karma según lo descrito por el Vedanta.
1) Sanchita Karma: el archivo completo de tus causas
Es el número combinado de las semillas que has plantado a lo largo de la vida:
-Creencias heredadas
-Experiencias de la infancia
-Traumas emocionales
-Pensamientos repetitivos
-Patrones de comportamiento
-Lecciones no aprendidas
-Aspiraciones no cumplidas
El sanchita es una base de datos masiva donde se almacenan todas las “causas” que más adelante generarán un resultado o experiencia. Algunas están listas para florecer; otras están en modo latente y esperan hasta que el momento sea el adecuado.
2) Prarabdha Karma: lo que estás viviendo ahora
Lo que ha madurado y se está manifestando en tu presente es una porción de tu sanchita:
-Tu pareja (o la falta de ella)
-Tu cuerpo
-Tu entorno
-Tus desafíos actuales
-Tu economía
-Tu salud
-Tus circunstancias
No puedes escapar del prarabdha por completo, esta es la parte de tu destino que no puedes controlar. Pero sí puedes cambiar la forma en que lo vives: ahí es donde está tu libertad.
3) Agami Karma: lo que siembras ahora
Es el karma que creas con cada pensamiento, sentimiento y acción que ocurre hoy. Cada día generas:
-Nueva energía
-Nuevas causas
-Nuevas vibraciones
-Nuevas intenciones
-Nuevas consecuencias futuras
El agami es tu jardín de pura oportunidad: es donde eliges cómo será tu destino mañana, es la parte de tu destino que está 100% bajo tu control.
La metáfora de las semillas
Piensa en tu mente como un jardín. Dentro de él se siembra un mundo viviente de todas las cosas:
-Semillas de miedo
-Semillas de amor
-Semillas de abundancia
-Semillas de carencia
-Semillas de confianza
-Semillas de duda
-Semillas de esperanza
-Semillas de rabia
Algunas germinan rápidamente: un impulso, un destello de emoción, una decisión repentina, una emoción visceral.
Otras permanecen latentes durante años, hasta que un estímulo (incluso uno mínimo), una persona o una crisis las revive. De repente, aparece un patrón que creías haber dominado, o regresa un sentimiento reprimido.
Nada se presenta de la nada. Todo tiene una semilla.
Pero aquí está la mejor enseñanza: eres libre de dejar de regar el sufrimiento y comenzar a regar el destino que deseas.
Tus pensamientos son agua. Tus emociones son el sol. Tu enfoque es el suelo.
Lo que riegas, crece. Lo que ignoras, se marchita. Lo que transformas, florece.
Ejemplo: el hombre que siempre atraía el mismo tipo de relación
Carlos tenía 30 años y había tenido una serie de relaciones fallidas. Como resultado de este proceso repetido, siempre terminaba con personas con las que no terminaba de conectar y no podía comprometerse.
Un día dijo:
“Creo que estoy destinado a no tener pareja. No me atrevo a que me puedan amar.”
No era el destino.
Eran semillas mentales que crecieron en él desde la infancia: su padre estuvo ausente y le tocó criarse con su hermano mayor que le regañaba constantemente. Esa herida aún no sanada se convirtió en su sanchita karma.
Cada vez que decidía apostar al amor, inconscientemente se dirigía a personas que apoyaban sus creencias internas de falta de merecimiento.
Descubrió esto y su vida cambió. No porque aleatoriamente hubiera aparecido alguien nuevo, sino porque cambió la semilla de amor que había alimentado. Cambió su karma emocional. Y algunas semanas después, cortejó a una mujer y comenzaron una bonita historia juntos. No fue magia. Fue coherencia interna.
Tu destino es interpretativo, no determinista
Si cada vez que te sucede algo desagradable lo primero que viene a tu mente es: “¿Por qué me está pasando esto?” y tomas el papel de víctima, tenemos un problema. Tu mente es una máquina muy eficaz para encontrar respuestas, así que en algún momento comenzará a crear una lista de razones por las que mereces lo que te está pasando.
Pero si cambias la pregunta a “¿Qué aprendo de esto?”, estás siendo un creador de tu propio destino. Tu mente comenzará a buscar los aprendizajes de la situación. Aprendizaje equivale a expansión de consciencia, y expansión de consciencia es igual a eliminación del karma viejo y creación de uno nuevo.
Vivir algo y verlo solo como un castigo no es lo mismo que vivir algo y verlo como una oportunidad de crecimiento. Dependiendo del marco de referencia que uses, la experiencia cambia.
Aquellos que parecen tener “buena suerte” no han recibido un destino diferente: han aprendido a cambiar la interpretación de los eventos.
Como veremos más adelante, la autosugestión recompone esas lecturas. Por ahora es suficiente entender esto:
El karma no te pregunta qué quieres. Responde a lo que eres. Y quién eres depende de lo que piensas.
Karma mental: las palabras que te mantienen donde estás
Todos tenemos frases que repetimos en la cabeza, para muchos, esas frases se parecen a esto:
“Todo siempre es difícil para mí.”
“No soy bueno en esto.”
“Nadie me entiende.”
“No tengo suerte.”
“La vida es dura.”
“El amor nunca es para mí.”
Si alguna de estas resuenan en tu mente, es probable que las vivas como descripciones de la realidad. Pero no: son autosugestiones inconscientes que se han repetido durante décadas, posiblemente transmitidas en la infancia.
La vida evoluciona para conformarse a estas frases, así como un río se adapta al flujo por él que corre.
Si cambias el canal, cambias el río.
Si cambias la frase, cambias la experiencia.
Si cambias tu propio monólogo interno, tu karma cambia.
Ejercicio de reflexión: “¿Cuál es mi karma mental?”
Toma un cuaderno y escribe.
Elige un territorio en el que experimentes “esto me pasa todo el tiempo”:
-Amor
-Dinero
-Salud
-Trabajo
-Autoestima
-Familia
-Propósito
Elige solo uno para comenzar. Escribe, sin censura, lo que usualmente pasa por tu mente respecto a ese campo. Ejemplos del mundo real:
“Siempre me falta dinero.”
“Nadie me elige.”
“Estoy fatal.”
“Todo es más difícil para mí que para otros.”
“No soy suficiente.”
“No tengo oportunidades.”
Estas frases son tu sanchita mental: tu programación, la que te lleva a través de tu destino. Toca las cuerdas del corazón detrás de esas palabras. Siente la emoción detrás de esas frases: ¿Tristeza? ¿Miedo? ¿Frustración? ¿Inseguridad? ¿Devaluación?
El prarabdha (lo que estás viviendo ahora) se activa por esas emociones. Escribe lo inverso en positivo (todavía no lo usarás): “Soy abundante.” “Merezco amor.” “La vida me apoya.” Esta es la línea que estarás plantando para el agami karma (tu futuro), que construiremos en adelante. Entiende que ahora estás dibujando tu propio mapa mental. Ese mapa no será tu destino final: es solo la versión que tu mente ha sostenido hasta hoy.
Y hoy comienza a cambiar.
El karma no te controla como una fuerza cósmica. Refleja tus demonios más íntimos en tu alma. Esta es una oportunidad maravillosa para despertar. Es el maestro silencioso que te demuestra lo que aún no has integrado.
Cuando ves el karma como algo dinámico, no una prisión, recuperas parte de tu poder innato. Dejas de luchar contra la vida. Ya no te interrogas con la pregunta “¿por qué yo?”. Y te preguntas:
“¿Qué parte de mí me ha estado promoviendo esta experiencia?”
Porque la realidad es tanto mundana como fundamental: tu destino es la sombra proyectada por tu conciencia.
Cambia la luz, y la sombra cambiará.
Esto inicia el viaje. El próximo capítulo será la clave para convertir ese mapa mental en algo consciente: un camino hacia un destino completamente nuevo.-
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